Sra. Mary-Chilufya Bwalya
(Provincia de Lusaka, Zambia)
Como a las tres de la tarde, Jesús gritó con fuerza: —Elí, Elí, ¿lema sabactani? —que significa «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». - Mateo 27:46 (NVI)
Sentada en el asiento estrecho de un minibús que se sacudía en el camino hacia el hospital donde estudiaba, mi corazón se sentía pesado por el desencanto. Una serie de situaciones que alteraron mi vida me llevaban a sentir que el Padre celestial me había abandonado. Sentía que Dios me había decepcionado. A la vez, sentía culpa: ¿cómo me atrevo a enojarme con Dios por mis adversidades?
Los sentimientos de vergüenza me impidieron hablar con Dios durante mucho tiempo. Entonces recordé Mateo 27:46, donde Jesús clama en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». En ese momento, Jesús también sintió que Dios lo había abandonado. Este texto me ayudó a comprender que no está mal sentirse decepcionado por Dios. Esta revelación me llevó a un lugar de intimidad con el Señor: la autocondenación fue reemplazada por la seguridad de que Dios no se disgusta con mi enojo. El Señor no orquestó los malos momentos de mi vida. Dios está allí, en medio del dolor.
El Señor sigue siendo bueno, aunque la vida no lo sea. Mi decepción fue reemplazada por la certeza de que las dificultades no eran el final de mi historia. Así como Jesús se sintió completamente abandonado, pero al final resucitó victorioso, así me sobrepondré a las adversidades.
Gracias al apoyo de los donantes, cualquier persona puede leer la meditación de hoy sin iniciar sesión por hasta 7 días.
Considere apoyar nuestro ministerio. Su donación o suscripción de pago ayuda a garantizar que lectores de todo el mundo sigan recibiendo aliento espiritual a diario.
Compartir en redes sociales