Sra. Lina Fernanda Montoya Alzate
(Valle del Cauca, Colombia)
Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed —respondió Jesús—, pero el que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed jamás… - Juan 4:13-14 (NVI)
El abuelo paterno de mi hija le regaló una planta. Le gustaba la luz solar directa, pero también disfrutaba de los beneficios del agua de lluvia. Floreció, y fuimos recompensados con hermosos capullos blancos y rosados. Todo parecía ir bien. Sin embargo, pasaron varias semanas sin lluvia, y tuvimos que regarla con agua del grifo. Notamos que la planta parecía estar bien, pero las hojas verdes perdieron su brillo habitual y dejó de florecer.
Una mañana nos despertamos con una lluvia intensa. Mi esposo, mi hija y yo corrimos a poner nuestras plantas en el lugar del patio donde más llovía. Al día siguiente, nos emocionamos al ver cinco nuevos brotes.
Dos años después, esta escena se ha repetido una y otra vez. Y mientras continuamos deleitándonos en el gozo que la planta nos ofrece como familia, es evidente que solo florece cuando recibe el agua que viene directamente de nuestro Padre celestial. Lo mismo ocurre con nosotros. Solo cuando estamos en Cristo Jesús, la fuente de agua viva que sacia nuestra sed y ofrece renovación espiritual, podemos florecer.
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